El Carnaval de Campillo y sus canciones

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Tradicionalmente los carnavales fueron unos días de fiesta en situación de “mundo al revés”. El orden social establecido se tambaleaba y dejaba paso a comportamientos que en otras circunstancias no hubieran sido tolerados. El poder político, religioso y social, así como sus representantes, eran puestos en solfa por las capas más bajas de la población. Eran unos días en los que se les permitía, un cierto desahogo, aunque no podamos olvidar que se trataba de los preparativos o preliminares a la Cuaresma, donde el rigor, la abstinencia de comer carne y otras prohibiciones iban a estar presentes.

En la cruda posguerra, el nacionalcatolicismo prohibió los carnavales, los bailes de carnaval y los de máscaras. La excusa fue que se producían desmanes, ciertos desórdenes, riñas y agresiones, a veces cruentas, con ocasión de algún tipo de venganza amparado en el anonimato de la máscara. No se podía ir disfrazado por la calle, solo en locales cerrados, y hasta esos bailes decayeron por la prohibición de los llamados “bailes agarrados”, lo cual, y todo en conjunto, condujo a la desaparición y pérdida de unas costumbres antañonas que sirvieron de válvula de escape y de diversión para las gentes de épocas pasadas.

Con la llegada de la democracia, se recuperaron estas fiestas, que en algunos lugares resultan espectaculares, pero que, obviamente, nada tienen que ver con lo que se hacía antes, todo mucho más casero, más sencillo y sin tanto dispendio económico.

Por lo que hemos oído contar a las personas mayores, la organización era amistosa, es decir, no había organización oficial, eran grupos de amigos, solteros o casados, que se “aotaban” para pasarlo bien en cuadrillas, recorriendo el pueblo, los casinos, etc., cantando y bailando, disfrazados en la medida de las posibilidades de cada uno, pintados con tiznajos y almagra y acompañados de algunos instrumentos musicales si era posible, sobre todo la pita o dulzaina, el tambor u otros instrumentos tradicionales improvisados, botellas labradas, losas de lavar, almireces, panderos y cualquier cosa que hiciese ruido.

Las cuadrillas ejercitaban un poco su creatividad y componían algunas letrillas para ser cantadas, “sacaban canciones”, según se decía -y se dice- en el habla campillana, o se cantaban las ya conocidas de otros años, más o menos antiguas, o se recurría a las nuevas que se habían compuesto para la ocasión. El denominador común de todas ellas era la transgresión, el anticlericalismo, la crítica a la autoridad y el señalamiento de los problemas por los que pasaba la población.

Todos esos versos, coplas o estribillos, son cultura, forman parte del alma de los pueblos y hay que evitar su pérdida, porque nos están informando a su manera de una situación social y económica de un momento determinado de nuestra historia. A continuación, siguen algunos ejemplos, que disponen de música, recogidos de las personas mayores de Campillo, que aún se acordaban de ellos o que incluso habían participado en los mismos. El estribillo es también una manera peculiar del habla del pueblo, donde se mezcla y confunde la onomatopeya festiva “larán, larán…” con la forma verbal “la harán, la harán…”, dichas o cantadas con sorna y doble intención. Son coplas que no son exclusivas de Campillo, y las mismas o con algunas pequeñas variaciones se pueden encontrar en otros pueblos.

Señoras y caballeros

hagan el corro más grande,

porque si no lo hacen,

nos denunciará el alcalde.

Estribillo: Larán, larán…

 

Señoras y caballeros,

no nos tengáis que empujar,

 que traemos casi todos

 a las mujeres “preñás”.

 

Estribillo: Larán, larán…

 

El vino los taberneros

han de dar a perra gorda

y el medio litro ha de ser

como la campana gorda.

 

Estribillo

 

Que nos van a dar harina

 han dicho en la barbería,

y además de ser de balde,

siete kilos cada día.

 

Estribillo

 

Para dar salida al pueblo

una carretera harán,

pero me ha dicho el alcalde

que la harán, la harán, la harán.

 

Estribillo

 

Señoras y caballeros

vamos en “ca” el señorito,

que como “tié” la orza grande,

aún quedan “tajás” del frito.

 

Estribillo

 

Maria Juana de mi alma,

piensa bien lo que te digo,

que si lo tomas con calma,

 se te va a secar el higo.

 

Estribillo

 

Ya sé por qué no me quieres,

que es porque no tengo un duro,

 “pos” no sé qué te has “pensao”,

que no tienes más que culo.

 

Estribillo

 

Si en su casa el señor cura

solo “tie” puesta una cama,

yo me hago la conjetura

dónde coño duerme el ama.

 

Estribillo

 

En bizcochos de canela,

el mejor el Sacristán,

pues recubiertos de azúcar,

 bien dulces que nos están.

 

Estribillo

 

Ya me lo has dicho cien veces,

que no me vaya al casino,

que vaya a pelar las nueces

o que le rasque al gorrino. (o que te rasque el chumino).

 

Estribillo

 

¿Por qué no “quies” a mi hija,

que es la más guapa de España ?

Porque “paece” una botija

plagadica de legañas.

 

Estribillo

Todavía hay muchas más, pero la muestra es más que suficiente para darnos cuenta de que, como suele decirse, “eran los tiempos del hambre”, con caminos y carreteras muy precarias, con un fuerte anticlericalismo y contrarias del orden establecido y de la autoridad legal y competente, lo mismo que ahora, aunque antes con más sentido del humor, dentro de la pobreza y las carencias de aquel momento. No quedaba otro remedio.

Las coplas de la canción infantil (y no tan infantil) del “Carrasclás”, por su propia estructura compositiva, también se utilizarían para cantarlas, encajan en la entonación, y, además, porque sus estrofas están llenas de alusiones contrarias a las suegras (“Todos tienen una suegra, yo quisiera tener dos, para uncirlas en un carro, y el carretero ser yo”) las cuales son objeto de burla por parte de los yernos y las nueras, o porque también aparecen alusiones a la escatología (“Una vieja se echó un pedo / en un montón de salvao / y de cien quilos que había,/ no quedó más que un puñao.”), etc., pudiendo ir acompañadas de algún mínimo bailoteo, dibujando en sus coreografías círculos o ruedas, cruces de participantes o lazos, filas, etc.

Quizá las mujeres de Campillo, tan organizadas, tan rebullentes y tan activas, o los jóvenes, puedan recuperar ese espíritu festivo y carnavalesco al que no fue ajeno Campillo de Altobuey en tiempos pasados y confirma la memoria histórica de los mayores.

Santiago Montoya

2017

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