Campillo de Altobuey, el Al-Borch Al-Qaballa Buwayb de los árabes en la crónica almohade, siempre ha sido un pueblo azafranero y en su historia social y económica ha tenido una gran importancia el azafrán.
Una de mis primeras publicaciones fue sobre el azafrán, un artículo publicado en el semanario, ya desaparecido, La Gaceta Conquense hace cuarenta años, en diciembre de 1986 y en su número 125. Por entonces señalaba el peligro de desaparición que se cernía sobre el valioso producto y animaba a realizar los esfuerzos necesarios para que eso no ocurriera, pero por desgracia podemos decir que ha resultado una premonición más que cierta: en Campillo ya no se cultiva el azafrán o ha quedado reducido a la mínima expresión, algo testimonial, porque la gente lo recuerda con mucho afecto y como algo muy arraigado en la memoria de las personas. Es otro producto más que ha desaparecido de la agricultura campillana. Su artesanal y minucioso cultivo, asi como los productos de síntesis sustitutorios, los colorantes artificiales, lo han eliminado de la vida de la gente, si bien parece que no todo está perdido, por el éxito de que gozan sus infusiones entre los grandes chefs más mediáticos y en los innumerables concursos y programas televisivos que existen en la actualidad. Un condimento de tanta raigambre no podía acabar así y eso que su memoria ancestral la recoge hasta el texto sagrado de la Biblia. Su aroma, su color, sus propiedades medicinales y, en consecuencia, su elevado valor, justificarían el esfuerzo para evitar su trágica desaparición.
La presencia del azafrán en España está ligada a los árabes, si bien la colección de hadices de Kitab Al-LibasWa Ç-Çina recoge en el número XVIII la prohibición del Profeta de que los hombres usen ropas teñidas de color azafrán ni que tiñan su pelo, sobre todo de color negro, pero como los judíos y los cristianos no se tiñen, entonces, para distinguirse de ellos, recomienda hacer lo contrario, es decir, teñirse de color amarillo azafrán.
Desde el puro afecto y su enraizamiento con la tradición familiar es por lo que le dediqué aquellas páginas iniciales a tan excelso producto, requisado en los tristes días de la pasada guerra civil porque era fácilmente convertible en divisas y tenía una amplia demanda. A mis propios abuelos maternos les fue requisado todo el azafrán que tenían acumulado y que para ellos era una manera de ahorro, incautación por la que les daban incluso un recibo de entrega y justificante de las cantidades que les eran arrebatadas. No sé si serían aquellos “hombres del saco”, encargados de tal menester, los que dieron lugar a aquella expresión similar para amedrentar a los chiquillos que no se portaban bien y recibían un correctivo, “Que viene el hombre del saco y te lleva con él”. Muy difícil tiene el azafrán su recuperación como producto agrícola, culinario y medicinal, costará mucho que vuelva a ser el producto que fue, apreciado y querido por todos, y eso que su precio sigue siendo muy alto.
Si hace cuarenta años ya avisaba del peligro que corría como cultivo llamado a desaparecer desde las páginas de La Gaceta, extremo que por desgracia se ha cumplido, voy a tratar de poner en relación una planta y producto con tanta historia ahora con el arte, recordando, sobre todo a las jóvenes generaciones, la existencia de una serie pictórica de cinco cuadros conservados entre los fondos del Museo de Bellas Artes de Valencia, obra del pintor José Brú Albiñana, más valiosos como documentos etnológicos que por la calidad pictórica en sí de los mismos, que no es muy elevada, aunque el pintor se formara y fuera condiscípulo del gran maestro Joaquín Sorolla y Bastida, de todos conocido y por todos apreciado y valorado.
Aprovechando mi estancia en el propio Museo de Bellas Artes valenciano, di a conocer esta serie pictórica del azafrán existente entre sus fondos, ocupándome en el estudio de la vida y la obra de José Brú Albiñana, dándola a conocer en las páginas de la revista Archivo de Arte Valenciano, que publica la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, allá por el año 1996, pasando asimismo este texto al Diccionario de Artistas Valencianos que publicó el periodista y divulgador científico Francisco Agramunt hace unos años. La serie pictórica de Brú Albiñana ha tenido mucho éxito y reconocimiento entre los estudiosos de la indumentaria valenciana, tan de moda en la actualidad, y lo mismo ha ocurrido con su obra más conocida, El joc de pilota a llargues, o juego de pelota en la calle de una población cercana a Valencia, con numerosos tipos que lucen las galas más populares de su indumentaria tradicional, un cuadro de gran éxito entre la población valenciana, junto con el del Tribunal de las Aguas, del pintor Ferrándiz.

La serie del azafrán del Museo de Bellas Artes, son óleos sobre lienzo, y consta de cinco obras que nos permiten seguir la cronología u orden lógico de las labores azafraneras.
El primer cuadro: Recolección de la rosa del azafrán

Antes de esta tarea de recolección hay otra no menos importante como es el hecho de “poner la cebolla” o plantado de los bulbos ya preparados para el efecto, pero al parecer el artista se saltó este paso en sus pinturas o no le mereció suficiente interés. Este cuadro de la cogida de la rosa fue realizado el año de 1877, dejando como resultado pictórico una cuadrilla de roseras, una docena de mujeres que dobladas sobre sí mismas cogen la rosa y la van depositando en cestas de mimbre. También se puede apreciar el hato, con un borriquillo al lado, un niño que ha participado en la cogida de la rosa, una mujer joven que vuelca lo que ha cogido ella sobre una espuerta mayor, vigilada y controlada por el manijero encargado de la cuadrilla y del desarrollo óptimo de la faena. Una mujer que lleva a cabo su trabajo de espaldas al espectador, y otros dos personajes ubicados al lado izquierdo de la escena, proporcionan cierto dinamismo y profundidad a la pintura, en cuyo horizonte se puede ver al fondo una construcción aislada en medio de los campos, la que me atrevo a sugerir que sea la Casa Doñana, ubicada todavía en el Campo de Requena-Utiel, comarca ahora valenciana y antes conquense, donde el azafrán se cultivó con profusión. La mujer que está vaciando la rosa que ha cogido, viste un refajo como los que se han usado tradicionalmente en la comarca, pero que también fueron típicos en Campillo, primero lisos, y con posterioridad pintados con motivos florales mediante tacos de madera tallados en relieve y que una vez entintados se estampaban sobre la tela. En Campillo este adorno estampado ha pasado a ser bordado en la actualidad, con lo que las mujeres siguen luciendo sus habilidades y su creatividad. Los personajes que aparecen en esta pintura volverán a ser retomados y pintados en otros cuadros de la serie, e incluso tanto la mujer que vuelca la rosa en la espuerta grande, como el hombre al que atribuimos el papel de manijero, pasarán a la publicidad del azafrán, es decir, que fue una serie de mucho éxito y se han repetido sus personajes hasta la saciedad, como es el caso, por ejemplo, en las cajas de hojalata litografiada para la exportación o venta del azafrán.
El segundo cuadro: La vuelta de las roseras

Con escasa variación se puede ver la misma cuadrilla que en el lienzo anterior volviendo al pueblo al acabar la tarea de coger la rosa. Puede verse el mismo manijero, el perrillo, el chico, la mujer del refajo rojo que vaciaba lo cosechado en el anterior cuadro, e incluso una pareja de novios que cierra la comitiva. Ya aparecen cestos de esparto para coger y transportar la rosa, muy usados en Campillo, y el burro aparejado con un buen serón también de esparto donde se ha cargado la rosa cosechada. Las pinturas de José Brú, esta del año 1877, no solo son obras de arte, sino que a la vez son documentos etnológicos, que nos transmiten las formas de vida, los trabajos y las vestimentas de otras épocas, lo que hace que aumente su estimación.
La tercera pintura: Sacando la rosa

La tarea protagonista es el desbriznado, que en otros lugares también se conoce como la monda de la rosa. La cronología de esta pintura es un año posterior, 1878, y nos presenta una bucólica escena de interior, un porche con una escalera lateral para ascender a la cámara o sobrado y a través de cuya barandilla el autor ha colocado un gato que mira curioso la gente reunida en la parte baja. El grupo es más numeroso, si bien predominan las mujeres, ya que la labor del desbriznado era muy delicada y se suponía que ellas eran mucho más rápidas y cuidadosas, aunque tampoco se excluyeran los hombres ya que en días de mucha cosecha todas las manos eran bien venidas. Se ve una mujer mayor pesando la rosa cosechada, un hombre que echa en la mesa la rosa para ser sacada, “una mesá”, y destaca el rojo de los panderos llenos de las briznas, o blencas, que luego serían tostadas para darles el típico aroma y textura que caracteriza al azafrán. Una cosa era el precio que se pagaba por la rosa cogida, otro el que se pagaba por la rosa sacada o mondada, y otro el precio del azafrán ya tostado, el precio más caro, el del azafrán ya convertido en el oro rojo o el oro de los pobres, por sus altos precios. Valeos y cestos de esparto, cestas y canastas de caña o mimbre, la indumentaria femenina, los muebles que pueden verse y los niños jugando, convierten la escena en un documento etnológico de gran sabor de época. Una vez sacada o desbriznada la rosa, llega uno de los pasos más importantes de las labores del azafrán, el tostado, la acción del fuego sobre el producto que lo transformará en la especia tan valiosa que fue y sigue siendo. Antes del tostado, lo que se llama el “azafrán en verde”, este no vale nada, no serviría para nada, y sin ese sometimiento al fuego no se convierte en la maravilla culinaria, farmacéutica y tintórea que será una vez haya pasado por el fuego.
Cuarto cuadro: Tostado del azafrán

Es un óleo sobre lienzo, de idénticas medidas, 50 x 105 cm. Ha situado la escena en una gran cocina presidida por una monumental chimenea donde se ubica la acción, el lugar donde transcurría la vida familiar. La escena se ilumina con el resplandor de la lumbre que arde bajo la campana y un par de candiles colgados por la sala. En el lado izquierdo de la pintura dos mujeres proceden al tostado del azafrán, dando la vuelta al producto con cedazos que facilitan la operación y evitan manosearlo y deteriorarlo en cierta medida. Es una operación muy delicada y casi siempre se dejaba en manos de mujeres, ya con una cierta edad, pero muy experimentadas en este quehacer. Para el tostado se utilizan una serie de anafres u hornillos donde se colocaban las ascuas, muy morigeradas para no quemar el azafrán o en su punto justo de calor. Los cedazos se colocaban apoyados en el borde de este hornillo alfarero para tostarlo bajo la atenta mirada de la mujer responsable de tan delicada operación. Los anafres han sido piezas alfareras de escaso uso en Campillo, porque resultaban piezas algo caras y eso que la villa tiene documentada una excelente alfarería datada en el siglo XVIII e incluso antes. El ahorrador campesino recurría a la colocación de ladrillos o rajolas sobre las que descansaban los cedazos, evitando así ser quemados por las brasas dispuestas simplemente sobre el suelo y dejando una distancia adecuada entre el azafrán a tostar y las ascuas. En el lado derecho de la escena, unos hombres charlan en animada conversación sentados delante de una hermosa cantarera hecha de obra sobre la pared. Aunque es una escena nocturna y de interior, puede descubrirse la cenicera en la pared del trasfuego, un pequeño hueco o reconditorio donde se guardaban las cenizas que luego habían de servir para el lavado de la ropa en los corciores. Así mismo, pueden verse unas trébedes, unas parrillas giratorias, un badil, objetos cerámicos e incluso la banca junto al fuego, que serviría de cama para algún miembro de la familia, o de simple sitio de reposo para calentarse a la vera de la lumbre, rematando una escena que nos transporta a otra época y a otras labores ya periclitadas.
El quinto cuadro: El comercio del azafrán

Su cronología es posterior, del año 1880, y por tamaño es el más grande del conjunto, con 110 x 195 cm., en el que puede verse un abigarrado grupo de comerciantes y expertos azafraneros que con fina observación determinan la calidad del producto, si tiene o no presencia excesiva de partes blancas de la rosa, si su tostado ha sido el adecuado y las blencas están cuanto más enteras mejor, el aroma que despide, que no haya sido expuesto en exceso a la acción del fuego en el tostado, etc. Sin duda que la escena se desarrolla delante de la lonja o almacén del poderoso comerciante valenciano del azafrán Dámaso Alcaraz, de cuyo hijo, Luis Alcaraz Jara, era amigo el pintor Brú Albiñana, y pudo ser a su través como le llegó el encargo de la serie pictórica azafranera. En el fondo de la escena puede verse el comercio de Dámaso Alcaraz comentado, un local provisto de romanas y balanzas para determinar las cantidades que se compran o se venden. La escena tiene lugar en una plazoleta o calle, que existió en la realidad, la calle de las Botellas, donde hacen las transacciones y comentarios pertinentes un grupo de acicalados burgueses azafraneros, la mayoría de ellos tocados con un elegante bombín a la moda de la época.
La serie del azafrán fue donada al Museo de Bellas Artes de Valencia, a través de la Real Academia de San Carlos en el año 1948, aunque no entran realmente en los fondos hasta el año 1967 por decisión de los tres nietos de Dámaso Alcaraz, con unas condiciones muy estrictas y leoninas por parte de los donantes, que se expongan en el museo, que no se presten ni se trasladen fuera de Valencia, condiciones que no se han cumplido nunca, porque ni se han expuesto ni se exponen en las salas del museo, y no han salido a ningún lugar, más por su escasa calidad pictórica, en mi opinión, aunque sí la tengan como documento antropológico y etnológico de una época y un comercio ya caducados.
En el siglo XIX, Valencia era un centro importante del comercio azafranero, y a ella llegaba el que se cultivaba y producía en Aragón, en la Mancha y en la subcomarca de La Manchuela. En este comercio destacó la población alicantina de Novelda, que tejió un entramado importante de comercio de esta y otras especias, exportando incluso a destinos exóticos y alejados como la India, China o Japón. Se exportaba en cajas de hojalata litografiada fabricadas en Badalona, con una decoración muy acertada y colorista, cuyos textos explicativos van en inglés y en sánscrito y se adornan con imágenes de dioses del panteón hindú, construcciones destacadas, como el Taj Mahal, y elementos simbólicos de la realeza inglesa. En la India se acostumbraba mucho usar el azafrán en ceremonias religiosas o celebraciones civiles importantes, como elemento tintóreo de gran elegancia en ropas y tejidos, así como en prácticas culinarias.

De modo que un producto tan valioso y apreciado, se cultivaba mucho en toda la Mancha, destacando por su calidad los azafranes de Campillo de Altobuey, Motilla del Palancar y Casas Ibañez especialmente. Se centralizaba todo en Valencia y se exportaba desde Novelda (Alicante). Por desgracia es una práctica y un cultivo que está desapareciendo a pasos agigantados. Recientemente tuvo lugar en el Museo L’Etno de Valencia una exposición dedicada al azafrán, donde se podían ver de nuevo esas cajas metálicas para la exportación antes mencionadas y reproducción de cuatro de los cinco cuadros de la serie que venimos comentando y que di a conocer allá por el año 1996 mediante un estudio publicado en la revista Archivo de Arte Valenciano que edita la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, según quedó dicho. La publicidad posterior recogió algunos tipos reflejados en estos cuadros, como es el caso del manijero que lleva la espuerta en el segundo de los cuadros aquí comentados, o la mujer del refajo rojo que vuelca la rosa cogida en un cuévano o espuerta mayor y que aparece en el primero de los cuadros mencionados aquí.
Existe un cartel informativo y publicitario, propiedad y encargo que fue de Dámaso Alcaraz, comerciante de azafrán importante, según venimos comentando, titulado Movimiento en el negocio del azafrán en el Mercado de Valencia. Desde 15 de octubre de 1874 al 14 de octubre de 1880, donde aparecen gráficos de precios y estos dos personajes citados, además de un conjunto de bulbos de azafrán floridos enmarcados con un elegante diseño modernista.

Dámaso Alcaraz volvió a editar otro cartel sobre el Movimiento en el Negocio del Azafrán. Desde el 16 de octubre de 1880 al 15 de octubre de 1885, aunque en esta ocasión no se recurre en el cartel al empleo de algún detalle o personaje de la serie pictórica de José Brú Albiñana.


En 1969, el impresor Abarca litografió el cuadro de la Recogida del azafrán, y se utilizó para editar una gran variedad de productos, tarjetas de felicitación de Navidad, por ejemplo, y así fue utilizada por el nieto del autor, José Ivancos Brú, al que tuve la oportunidad de conocer y tratar para la realización de aquel estudio del año 1996. El fotógrafo valenciano Barberá Masip también se ocupó del azafrán en una buena colección de fotografías que publicó en la revista Blanco y Negro, en el año 1925, y que ya habían aparecido en otras revistas años atrás, como Nuevo Mundo, en un reportaje sobre el azafrán ubicado en Requena, del año 1904. La revista Ilustración Católica. La hormiga de oro, de dos de enero de 1909, periódicos nacionales y otras revistas como La Semana Gráfica, dedicaron reportajes curiosos a dar a conocer el azafrán, incluso la Enciclopedia Espasa lo lleva a aparecer en sus páginas, aunque fuera mediante el empleo de fotos ya publicadas anteriormente, y se editan publicaciones divulgativas o catecismos para uso del agricultor azafranero, dado el alto precio que el azafrán alcanzaba en los mercados. Al hablar de fotógrafos no podemos dejar de citar, aunque solo sea de pasada, al gran fotógrafo Laurent, quien también se fijó en el azafrán y nos dejó alguna fotografía que sirve para ensalzar más si cabe la rosa del amanecer.
Del mismo modo, el hijo de Manuel Alberola, de Novelda, editó un impresionante cartel publicitario inspirado en algunos cuadros de la serie que venimos comentando. Se trata de un gran cartel realizado en gruesa chapa litografiada y en relieve, de considerable tamaño, de 97 x 57´5 cm, fabricado en Badalona por Gottardo de Andreis a principio del siglo XX. Las dos imágenes centrales que se plasman en el cartel corresponden o están sacadas de los cuadros dedicados a la cogida de la rosa y al desbriznado de la misma. Rodean estas escenas más de una decena de cajas de las que utilizaba el comercial azafranero noveldense para la exportación al extranjero, sobre todo a la India. Otros comerciantes azafraneros se ocuparon de dar a conocer el azafrán mediante reportajes encargados que, a la vez, les servían de publicidad propia, como fue el caso del comerciante Amatller.

La rosa del azafrán fue plasmada con frecuencia en el mundo del grabado, bien fuera calcográfico, xilográfico o litográfico y, por citar solo algún ejemplo, haré mención de la plancha que dibujó y abrió Matías de Irala, obra dieciochesca de elevada calidad, en cuya parte central puede contemplarse sin duda unos cuantos bulbos floridos de azafrán rodeados de amorcillos y otros elementos alegóricos. También el naturalista inglés John Hill incluyó en su famosa obra botánica grabados de los bulbos de azafrán, obra del año 1757, estampas que fueron iluminadas en color a mano y realizadas o editadas en un tamaño considerable, 47 x 26 cm.
Las referencias al azafrán también pasaron a la música, y en concreto a la famosa zarzuela La rosa del azafrán, de tema manchego, obra de Romero, Fernández Shaw y Guerrero, pieza musical que obtuvo un gran éxito de crítica y público, de todos conocida y que aún sigue representándose. ¿Quién no ha cantado alguna vez los versos que ensalzan la morada flor?:
“La rosa del azafrán /
es como la maravilla /
que un día la ve nacer /
y la mata el mismo día. (…)
La rosa del azafrán /
es una flor arrogante /
que brota al salir el sol /
y muere al caer la tarde (…).
La rosa del azafrán /
vestida está de morado /
y tiene el tallo pajizo /
y el corazón encarnado/”.
Por su relación con Campillo, necesariamente hemos de citar al escritor y ceramista Manuel Real Alarcón, quien dejó una serie de azulejos en los que se ocupaba de la rosa y sus labores, imprimiendo a sus creaciones un tono goyesco o dieciochesco, de gran éxito, fácilmente identificables, de los que al menos conocemos dos y adornan las paredes de los ayuntamientos de Campillo de Altobuey y de Motilla del Palancar.
Necesariamente una especia tan apreciada a lo largo de la Historia, tan valiosa, tan tenida en cuenta como para recoger su existencia y sus propiedades en notables creaciones literarias y mitológicas, tuvo que servir de inspiración a una pléyade de artistas, y así lo acabamos de ver, pintores, grabadores, músicos, literatos, etc. miraron al azafrán como elemento valioso de inspiración y creatividad. Esperemos que con estas líneas se genere un cierto interés sobre todo en la gente joven y sepan algunos detalles de la rosa del amanecer que caracterizó profundamente la vida de los campillanos de siglos pasados.
Santiago Montoya Beleña.
Año 2026




