El día 8 de septiembre de 1712, con gran pompa y alborozo, se consagró la iglesia del Convento de Nuestra Señora de la Loma de Campillo de Altobuey (Cuenca). Era una larga aspiración del pueblo que lo erigió a sus expensas para albergar a aquella Virgen que según la tradición apareció en el Cerro de la Majestad de Cuenca tres días antes de la conquista por Alfonso VIII en 1177. En el convento campillano se estableció una comunidad de religiosos agustinos recoletos o descalzos, rama agustiniana reformada por el conquense belmonteño fray Luis de León, que había puesto las bases para tal reforma en su libro “Forma de Vivir”, obra que no figura en el elenco del autor por ser un documento interno de la orden.
Aquella comunidad de frailes bien poblada, que en sus momentos de mayor esplendor tuvo hasta cuarenta miembros entre pares, legos, coristas y donados, fue disuelta por el viento desamortizador de 1835, cambiando de manos los bienes de los que Jovellanos había llamado “manos muertas”. Y no es que tuvieran grandes posesiones los religiosos; las capitulaciones establecidas entre las autoridades civiles y eclesiásticas determinaban que los frailes no debían tener casas ni tierras dentro del término municipal de Campillo de Altobuey, con lo que se dificultaba la creación de un gran patrimonio.
En una población que en aquella época rondaba los tres mil habitantes la presencia de los frailes se debió hacer notar. Sobre todo porque, a pesar de dedicar mucho tiempo a la oración y a las celebraciones litúrgicas, también intervenían en la vida de la población. A ellos les estaba encomendada la asistencia a los moribundos y las grandes predicaciones del adviento y de la cuaresma. Eran mendicantes y buena parte de los ingresos procedían de esta función. Podían pedir en “agostos y vendimias”, de forma extraordinaria, y se procuraban el aceite en el carnaval, la lana en el esquileo, el azafrán en la rosa y el pan y los huevos dos veces por semana. Debieron estar tan integrados en la vida del pueblo, que cuanto Santiago Montoya Beleña ha estudiado la gastronomía de este convento no acierta a distinguir muchas veces lo que era netamente conventual de lo simplemente popular, o de dominio de todos.
Sí sabemos lo que compraban, pero no sabemos cómo lo preparaban. Los largos tiempos de penitencia obligaban a los frailes a comer alimentos cuaresmales durante cinco meses al año, más tres días penitenciales a la semana el resto del año. Por esta razón el consumo mayor era el de los pescados. Distinguían entre el bacalao grande del norte en salazón y el abadejo mediterráneo. Compraban además una gran variedad de especies: salmón, mero, atún, merluza o pescadilla, anguila, congrio y bonito, entre otros. Como el pescado fue considerado siempre como un alimento de segunda, no quebrantaban el voto de pobreza que habían emitido si compraban pescados de alta calidad y precio.
Es fácil suponer que los marinados y escabeches serían los vehículos para la conservación de estos alimentos tan perecederos. Además de los aceites, vinagres, ajos y laureles, debemos tener en cuenta que estos conventos eran ricos en especias por la cantidad de ellas que venían de las misiones filipinas de los agustinos, de donde llegaron también hasta nosotros gran cantidad de marfiles, sedas, bordados y cañas de bambú.
Aquella estimación de la patata como tubérculo comestible que tuvo su auge en el s. XVIII repercutió en los conventos. Si había aceite, bacalao y ajos y además no se debía desperdiciar el pan por duro que estuviese, es posible suponer que aquel alimento de arrieros que inundó los caminos de La Mancha también se asentaría en los conventos. Aquel ajo arriero, o mortero, vino a denominarse atascaburras cuando la escasez de aceite había impedido lubricar suficientemente.
Los místicos hablaban de la dulzura del cielo. Eran dulces las músicas celestiales. El Nombre de Jesús era dulce. El Nombre de María era dulce. “Aquí el alma navega en un mar de dulzura”, diría Fray Luis, hablando de la quietud del campo en el poema de la vida serena. Todo lo perfecto era dulce. Con ese espíritu de anticipar un futuro de eternidad suficientemente edulcorado, no es extraño que los conventos se dedicaran preferentemente a estos trabajos en el obrador.
Antes de que en Jijona se estableciera la industria del turrón que data de 1780, los frailes de Campillo ya habían elaborado la Torta de la Virgen, un turrón de finísimo paladar, de antigua tradición, cuyos ingredientes son almendras tostadas en arena caliente, miel y huevos con un ligero toque de corteza de limón. La denominación viene porque se hacía principalmente para la Candelaria, en cuya misa de candelas la Virgen ofrecía, además de los dos pichones que hace mención el evangelio, esta magnífica torta que después se rifaba al acabar la celebración. Este turrón lo continuaron haciendo los zucleros (confiteros) de Campillo. La más celebrada torta era la de Gregorio el Sacristán, que en la envoltura imprimió unos versos publicitarios que merecieron la atención de Luis Carandel en su “Celtiberia Show”, que decían:
Y tú, solterona triste
que nunca has tenido novio,
que nunca has tenido novio,
es porque nunca has probado
la torta que hace Gregorio.
La fiesta de la Candelaria era la culminación de las fiestas de Navidad, donde se había consumido abundantemente este producto, además de otros como el alajú, denominado por los frailes “alajud”. A partir de este día, casi siempre empezaba el tiempo penitencial que continuaba con la cuaresma.
El afincamiento de varias cofradías en el convento generaba algunos trabajos de repostería. Especialmente activa era la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio. Para esta cofradía hacían los frailes los rollos de colación hechos con aceite, miel, huevos, harina y almendras, que se subastaban en las Carnestolendas para recaudar dinero para decir misas por sus hermanos finados. También se hacían bizcochos y buñuelos y culebras de mazapán, allá por el año 1785. otro de los dulces que entraban en la almoneda eran los nuégados, hechos de miel y cañamones.
La Cofradía de la Correa, orden tercera de los agustinos, encargaba el arroz de Nuestro Padre San Agustín, una especie de arroz con leche hecho con leche de almendras y con almendras para la fiesta del santo, el 28 de agosto. Los panecillos San Nicolás se hacían en honor de San Nicolás de Tolentino, santo agustino que se celebra el 10 de septiembre y que se consumían en la vendimia.
En todas las mesas de la Semana Santa en Campillo, se han encontrado siempre los denominados bocaillos, ese diminutivo de bocado tan campillano. Eran rellenos dulces de miga de pan y huevos, que se ponían a hervir, después de fritos, en almíbar con canela en rama y corteza de limón.
También cobró especial interés la elaboración de vinos y licores. Las cántaras de mosto recogidas en la limosna de la vendimia y la propia cosecha de algunas viñas llenaban la bodega de los frailes. Para los Santos se hacía la prueba del vino. A aquel vino joven se le llamaba “signati” porque en la misa de Todos los Santos se leía un fragmento del Apocalipsis en el que se habla de un hipotético Juicio Final en el que se salvan doce mil señalados (signati) de cada una de las doce tribus de Israel.
Una de las artes que debieron dominar los frailes era la de la destilación. El espíritu alquímico había pervivido en una larga tradición conventual. Elaboraron diversos resolis, ese licor conquense tan semanasantero. Estos aguardientes aromatizados de distintas maneras los solían utilizar los frailes para estimular la generosidad en aquella famosa “limosna de agosto por las eras”, o en la del azafrán. Se solían acompañar de garbanzos torrados en la “limosna de la lana”, cuando el esquilo de las ovejas, mediado junio, o acompañados de almendras saladas y tostones para cantar el mayo o en Nochebuena. Los tostones eran granos de trigo en remojo, posteriormente tostados, debidamente sazonados, en una sartén untada de aceite. Los tostones, más los cañamones, nueces, garbanzos torrados, otros frutos secos y anises eran los componentes del “puñao” o “Refresco de San Antón”, que se daba el día de este santo protector de los animales y que tenía como condición indispensable para tomarlo el ir montado sobre una cabalgadura. Era el entretenimiento para un buen trago de vino o de resoli.
La desamortización y privatización del convento provocó su permanente deterioro. A finales del siglo XIX fue utilizado como almacén de maderas y un fuego posiblemente intencionado, arrasó la edificación. Solo quedaron las cuatro paredes de lo que fue el asentamiento de una floreciente comunidad. Tras los severos muros se edificó en los años veinte una plaza de toros. Ahora hay clamor de clarines y ruido de fiesta donde antes hubo rezos y penitencias. En un esfuerzo titánico el pueblo de Campillo ha logrado salvar la iglesia, un considerable monumento barroco que eleva al viento una atrevida espadaña y una solemne cúpula ochavada. En el recuerdo queda la estancia de una comunidad de frailes, de donde a veces exhumamos algunos datos, extraídos de archivos particulares. Ese fue el destino incierto de los libros donde se reflejaba la vida de la comunidad.
Luis Martínez Lorente
Bibliografía empleada:
- Santiago Montoya Beleña: Gastronomía histórica conquense (inédito)
- Fran Luis de León: FORMA DE VIVIR
- Salvador Huerta Soler: APUNTES HITÓRICOS SOBRE CAMPILLO DE ALTOBUEY (Cuenca) SIGLOS XV AL XVIII.
- Historia general de los religiosos descalzos del ORDEN DE LOS ERMITAÑOS DEL GRAN PADRE DE LA IGLESIA SAN AGUSTÍN DE LA CONGREGACIÓN DE ESPAÑA Y DE LAS INDIAS. DÉCADA DÉCIMA Zaragoza 1756
Imagen: Cocina del monasterio, detalle, de Eduard von Grützner, 1911.
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